«Séneca, Averroes y Maimónides no pueden ser solo estatuas»

08/Sep/2014

El Diario de Córdoba, España, IRENE CONTRERAS

«Séneca, Averroes y Maimónides no pueden ser solo estatuas»

Ante la cercanía del 700
aniversario de la Sinagoga, el documentalista aboga por una reconstrucción de
nuestra identidad al margen del oportunismo.SEBASTIÁN de la Obra es
un hombre afable, que transmite una serenidad que no se corresponde con el
frenético ritmo de vida al que le condenan las decenas de proyectos en los que
acostumbra a embarcarse. Pasa las mañanas en el Parlamento de Andalucía, donde
ostenta la jefatura de Documentación de la Junta, y por las tardes regresa a
Córdoba, ciudad en la que reside desde hace años -es natural de Úbeda- y donde
dirige la Casa de Sefarad, museo privado dedicado a la recuperación y divulgación
de la huella judía. Actualmente dedica el tiempo que le queda a la
investigación sobre las mujeres más emblemáticas del judaísmo, tema sobre el
que versará además el programa de actividades con el que la Casa de Sefarad
celebrará las XV Jornadas Europeas de la Cultura Judía a partir del 15 de
septiembre. Este año, la cita parece multiplicar su importancia al coincidir
con el 700 aniversario de la construcción de la pequeña Sinagoga cordobesa.
-Se acerca el 700
aniversario de la Sinagoga de Córdoba y todas las instituciones se están
sumando a la celebración. Este interés por la herencia sefardí en Córdoba, ¿es
sincero o anecdótico?
-Tengo cierta
desconfianza. Me alegro de este resurgir de la identidad judeoespañola en
Córdoba, pero no sé si el origen está en un verdadero convencimiento de que la
huella judía es un elemento patrimonial, cultural, turístico, social y
económico de un valor incalculable, o si hay un punto de frivolidad. Esto es
como las olas: solo funcionan cuando hay viento, por tanto no puedes plantear
la vida siempre sobre ellas. Tengo dudas sobre si es pura propaganda o la
verdadera socialización de una parte de nuestra memoria, si las instituciones
están apostando por un elemento patrimonial para beneficio de la ciudad o si lo
que están haciendo es competir entre ellas.
-¿Cree que los cordobeses
sabemos todo lo que tenemos de judíos?
-Ni los cordobeses, ni
los hispanos. Solo hay que hacer una pequeña encuesta a las puertas de la Casa
de Sefarad. Las preguntas que hacen aquí no las hacen en cualquier otro museo:
«¿esto qué es?», «¿qué significa Sefarad?»… La inmensa
mayoría de la gente carece de ese poso de memoria, y cuando lo tienen está
estereotipado y por tanto clasificado. Y una vez clasificado es difícil pensarlo
en su complejidad.
-¿Cómo se enfrenta la
labor divulgativa partiendo de esa carencia?
-Con una línea de
didáctica comunicativa. En esta casa se trabaja sobre el concepto de las
huellas, igual que un detective. A veces es difícil reconocerlas porque están
olvidadas, manipuladas o borradas, pero establecemos los recorridos precisos
para que el público logre reconocerse en ellas. Para que se pongan frente a la
huella y digan: yo creo que tengo algo de esto. En la música, en la
gastronomía, en las costumbres. Abrimos una ventana.
-Generan muchas
sorpresas, supongo.
-En el público de origen
judío lo que genera es una especie de emoción, o de nostalgia, porque en sus
vidas cotidianas no está presente su memoria judeoespañola. Cuando llegan aquí
se emocionan, lloran… A algunos los ayudamos a buscar su genealogía a partir
del apellido. Pero el público mayoritario es otro: el que en un ejercicio de
voluntad curioso decide entrar al museo. Con ellos jugamos a restaurar huellas
y que las identifiquen y valoren. Partimos de figuras como Maimónides, que
están presentes en estatuas e institutos de investigación biomédica, pero cuyo
alcance es desconocido por la mayoría de la gente de la ciudad, por mucho que
rotulen cosas con su nombre. También les hablamos de la Inquisición. No se
puede entender la historia de España sin entender los 400 años en los que la
Inquisición estuvo aquí.
-Su sala de la
Inquisición tiene poco que ver con los museos que tradicionalmente se le
dedican.
-Porque no tenemos
instrumentos de tortura, y nunca hablamos de aquellos aparatos morbosos, sino
del papel que cumplió la institución desde el punto de vista político y
cultural. La Inquisición moderna fue el mayor aparato de control que ha
existido en la historia europea. Entraba en tu pensamiento, en tu fe, en tu
cama… Se dedicaba no solo a la aniquilación de las personas sino al control de
lo que se pensaba, decía y escribía. Hay elementos que se han asociado al
carácter de lo hispano que nacen en la Inquisición: este es un país de envidia
y de sospecha. Las secuelas de la Guerra Civil no son las únicas que tenemos:
aquí ha habido 500 años de guerra civil permanente, en la que la mitad del país
tenía la obligación de sospechar de la otra mitad. Y cuando se instala la
sospecha, su producto es la difamación, la envidia. También los celos.
-Este año las jornadas se
dedican a las mujeres de Sefarad. ¿Qué papel tiene la mujer en la tradición
judía?
-El judaísmo como
corriente de pensamiento religioso es un monoteísmo estrictamente patriarcal,
como todos. Los términos en hebreo para identificar a la mujer son «hija
de» o «esposa de». Cierto es que en la tradición bíblica si que
existen una serie de prototipos de mujer, algunas de ellas muy curiosas: las
cuatro matriarcas, por ejemplo, o Lilith, la primera mujer, origen iconográfico
del feminismo, que aparece solo en la primera versión del Génesis. Lilith fue
creada igual a Adán y se negó a aceptar determinadas actitudes a las que él la
forzaba. Desapareció, claro, la figura de Lilith, que se convirtió en un elemento
mitológico o empezó a entenderse como símbolo de la mujer demonio. Hay muchas
mujeres en la historia del judaísmo que han podido pasar desapercibidas.
Queremos incidir en eso en las jornadas, en que hubo mujeres comerciantes,
médicas, poetas, místicas, víctimas, resistentes… La función es inventariar,
poner nombres y apellidos.
-Se ha mantenido al
margen de la polémica sobre la gestión de la Mezquita-Catedral, pero ¿qué opina
sobre el cuestionamiento de su nombre?
-Córdoba es de las pocas
ciudades en el mundo en el que el simple nombre de un elemento identifica al
lugar en sí. Si dices Córdoba piensas en Mezquita, si dices Mezquita estás
hablando de Córdoba. Eso es un privilegio. No se me escapa que las mezquitas
son un elemento de poder, pero mi elogio a la Mezquita no lo obtiene su
significado como templo, sino el resultado histórico de que una ciudad asuma un
elemento arquitectónico como identitario. Desde ese punto de vista tengo
clarísimo de que debe llamarse la Mezquita de Córdoba, al margen de que pueda
ser un templo católico. Y eso no es una afrenta. Quien lo viva como tal es que
tiene la cabeza muy estrecha, con muchos prejuicios y muchos bloqueos, porque
durante siglos a nadie le ha costado trabajo decir «Mezquita» y ello
no significaba ni islamismo ni anticatolicismo. Simplemente identificaba un
elemento patrimonial que has hecho tuyo. ¿En qué otra ciudad tiene sentido
decir «voy a misa de 8 a la Mezquita»? Es algo tan singular que no
debe verse con vergüenza, sino lo contrario. Esa expresión no se entendería en
otro lugar del mundo. Así que hace mal desde el uso de la inteligencia quien
pone obstáculos y borra la palabra del folleto y del callejero. Hacen daño a la
ciudad y generan una tensión innecesaria. Una cosa es la militancia religiosa y
otra el reconocimiento de la identidad y la memoria.
-Muchos de ellos se
abanderan además con el mito de la ciudad tolerante e intercultural que fue
Córdoba en épocas pasadas.
-Están todo el día con lo
de las tres culturas, y necesitarían algunas más para presumir de la ciudad de
las 24 culturas. Pero no creen en ninguna de ellas.
-¿Es muy idealista creer
en la posibilidad de un templo ecuménico?
-No creo que se deba
entrar en cómo reza cada cual, ni en dónde deben de rezar. No me gusta cuando
se eleva a categoría de máxima algo que tiene que ver con la intimidad. La
propia expresión templo ecuménico es contradictoria: el concepto ecuménico, de
convivencia, no tiene nada que ver con el rezo. Así que voy en la línea de las
místicas que defendían que la oración debía ser interior, una comunicación
íntima y secreta con tu dios, sin mediadores y sin necesidad de rezar para que
te vean. Desde esa perspectiva no creo en un templo ecuménico, pero sí en el
concepto de diálogo en plano de igualdad con otra cultura y religión. Toda la
ciudad podría ser un espacio ecuménico sin la necesidad de convertir un
elemento patrimonial en un elemento de discusión.
-¿Qué tiene Córdoba como
recipiente de la huella sefardí que no tengan otras ciudades?
-La magnitud del espacio urbano,
la dimensión cultural de la huella que han dejado aquí filósofos, médicos,
pensadores, traductores, comerciantes, sederos, joyeros, y todas las huellas en
la gastronomía y en los oficios que dan identidad a esta ciudad, como la
platería o la curtiduría.
-Tradiciones que hemos
apropiado como propias.
-Exacto. Las hemos
asumido como parte de la identidad colectiva. Igual que la Mezquita, que no es
musulmana sino cordobesa. Pues con la platería pasa lo mismo. Pero igual que el
origen de ña Mezquita está en el poder islámico, el de la platería, el cuero o
gran parte de la tradición médica cordobesa está en nuestros judíos.
-Pero se trata de una
herencia sedimentada, que no se percibe si no se conoce. No como sucede con,
por ejemplo, un edificio.
-Es un patrimonio
intangible, por eso cuesta tanto trabajo. Porque nuestra cultura se asocia a lo
que puedes ver y tocar. Las ciudades tienen que descubrir su patrimonio
intangible: Séneca, Averroes y Maimóndes no pueden ser solo una estatua. Forman
parte de la identidad de esta ciudad, y lo judío de Córdoba no puede ser solo
la Calle Judíos y la Sinagoga, porque lo judío de Córdoba es la historia de
cómo durante siglos han pasado por aquí los sefardíes, bien o mal, mintiendo,
disimulando u ocultándose.
-¿Qué papel tienen los
centros educativos y los planes de estudio en la visibilización de ese
patrimonio intangible?
-Estamos a años luz. No
hay apuesta. Esto requiere un esfuerzo tanto organizativo y administrativo como
intelectual, de conocimiento. Y ese esfuerzo no se hace. El sistema educativo
está demasiado preocupado en el mantenimiento de los centros -que falta le
hace- y en la administración de los recursos económicos para que los docentes
puedan seguir viviendo de su trabajo, como para preocuparse de la construcción
de una identidad andaluza no excluyente, sino orgullosa y conocedora de su
propia memoria. No, no se ha hecho ningún esfuerzo. Se limitan a celebrar
acontecimientos.
-Sacar banderas al balcón
coincidiendo con efemérides, como la que llega ahora.
-Efectivamente: la muerte
de Blas Infante, el 700 aniversario de la Sinagoga, la culminación de la
Mezquita como declaración de Patrimonio Histórico. Estamos dando saltos de
acontecimiento en acontecimiento, es una cultura de espectáculo continuo. En
otros lugares del planeta la gente ha tenido que conocer incluso lo que se
negaban a conocer. Qué menos que nosotros, que nuestro patrimonio es casi
siempre espectacular y floreciente, hagamos lo propio.
-¿Con qué espíritu hay
que afrontar entonces el 700 aniversario de la Sinagoga?
-Dos claves. En primer
lugar, que las administraciones no compitan entre ellas, porque están todas en
bancarrota y competir estando así requiere una llamada de atención. Las
administraciones que gestionan lo público tienen que convertir este aniversario
en un ejercicio de transparencia y de reconocimiento de nuestra memoria. Ahora
que se acercan las elecciones, cada administración va a querer aparecer en las
fotos a toda costa. Pero la apuesta debe ser que la Sinagoga pase a formar
parte del patrimonio de la ciudad al margen de los recorridos turísticos. La
otra clave es tomar conciencia de que estamos celebrando el aniversario de
nuestra Sinagoga, de todos. Que igual que la Mezquita y las iglesias
fernandinas es de todos. Empecemos a reconstruir nuestra identidad con todas
las extremidades que forman parte de ella. He escuchado decir barbaridades,
como que el aniversario de la Sinagoga deberían celebrarlo solo los judíos…
-Quizá eso vaya en el
carácter cordobés.
-En ese sentido, esta
ciudad es para salir huyendo. Es muy difícil y te tienes que crear una capa
protectora. Pero estoy prendado de ella. Cada día que pasa pienso que es una
ciudad excelente para huir. Es una ciudad de tribus, y yo me niego a pertenecer
a ninguna. Soy un ermitaño. Para algo soy bibliotecario.
-Porque vivir entre
libros es también una forma de huir.
-Sin lugar a dudas. La
vida no es otra cosa que eso: una huida. Pero la huida siempre tiene que ser
digna. Y el conocimiento es una fuente de sufrimiento. Cuando uno es consciente
de determinadas cosas, lo que hace es huir. Y este mundo -los libros- para mí
es el más libre que hay.